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ISSN 1989-4163

NUMERO 42 - ABRIL 2013

Una Tarde Victoriana en Baker Street

Jesús Zomeño

Holmes fumaba su pipa leyendo los anuncios por palabras del Times cuando algo le llamó la atención. Era un día nublado, por la mañana Watson había paseado por Oxford Street en busca de un libro, edición alemana, de Goethe y ahora estaba leyéndolo en busca de motivos para amar más profundamente de lo que había sentido hasta ese momento. A Holmes no le gustaba Goethe, ni mucho menos las reflexiones del personaje, el joven e inmaduro Werther.

-No importa lo que uno siente –argumentaba Holmes-,   lo  que  cuenta  es  lo  que  uno sabe.   El conocimiento es lo que nos hace grandes, los sentimientos son la excusa de todos los errores.

Pero Watson estaba enamorado y disculpaba a su amigo como haría con un perro que se lame las heridas. Es cierto, Holmes despreciaba los sentimientos desde su cruce con Irene Adler, la mujer que le obligó a vestirse con un corsé para humillarlo mientras  le juraba al oído que amaba a Moriarty. Era un capítulo ya superado por el detective, a pesar de que la rigidez de su postura al sillón revelaba cierta nostalgia en su ropa interior.
Ahora Holmes había encontrado algo entre los anuncios por palabras y se levantó de su butaca. Waltson observó el movimiento, mirando por encima del libro que estaba leyendo. El detective se acercó a la mesa y buscó su lupa debajo de la babucha turca donde guardaba el tabaco. Presa de una   extraña  ansiedad,  estuvo tentado de encender la pipa pero recordó que el anuncio era lo más importante.

-Watson, lea esto: “la trapecista cae al suelo en mitad de una actuación y el público muere en el acto”.

-No entiendo –el doctor ni siquiera dejó de leer el libro, estaba cansado.
Estaba lloviendo. Al doctor Watson no le gustaban las aventuras ni otras grandes emociones. En el sexo era pasivo, durante su estancia en Afganistán incluso prefería drogarse antes de entregarse a la lujuria, así despertaba con la conciencia tranquila. Algunas pesadillas de nativas promiscuas sentándose desnudas sobre él de dos en dos con tatuajes en los pechos, no dejaban de ser pesadillas  sin  certeza alguna.   Ahora  le  esperaba un   cálido  matrimonio  victoriano,    una  chimenea encendida y un par de perros que sacarán a pasear los criados, algo muy alejado de los inconvenientes de un pene capaz de excitarse.  Por eso no mostró ningún interés cuando Holmes le leyó aquel anuncio encriptado.

-Fíjese, es evidente. ¡Irene Adler ha vuelto a Inglaterra!

El doctor giró la cabeza hacia el armario donde su amigo guardaba la heroína, pero estaba cerrado, mantenía el lacre que le puso semanas atrás, después del suceso de las huellas de barro en Hyde Park. A pesar de no haberse inyectado, lo cierto es que Watson dudaba de la coherencia de Holmes.

Un carruaje se detuvo, llamaban a la puerta. El detective aumentó su excitación, aunque fingiera indiferencia volviéndose a sentar. La Señora Hudson anunció una visita.

Entro  una mujer morena  con un vestido negro, sangre en la suela de los zapatos y sujetando un bastón con empuñadura de plata. El pomo del bastón era la reproducción de una gárgola de Notre Dame, algo inadecuado para una dama.

-La equilibrista ha caído, ¿el público está preparado para morir? –dijo ella, sin retirarse el velo del rostro.

Holmes se quedó boquiabierto. Watson cerró el libro, le pareció absurdo todo aquello. Enjuiciaba que las personas educadas deben presentarse antes y después aceptar ser invitadas a sentarse, antes de hablar. Entonces la mujer se descalzó y Holmes perdió la compostura echándose a sus pies para besarlos. La escena resultó tremenda porque la mujer comenzó a golpear al detective con el bastón, mientras él gemía e intentaba subir por las piernas de ella. Watson no se lo podía creer. La dama no llevaba ropa interior cuando se levantó la falda, pero no parecía importarle el detalle de su desnudo, ni las embestidas de Holmes con las dos manos y con todos los dientes de la boca; ni tampoco parecía importarle a la dama la presencia del espectador estupefacto. Por su parte, a Holmes tampoco parecían importarle los golpes, cada vez más y más fuertes.

Cuando llegó el orgasmo, Watson no pudo distinguir si los gemidos eran de él o de ella, hasta que observó la mancha en el pantalón de Holmes. Entonces ella dejó de  golpearle con el bastón pero le dio una patada en los testículos blandos.

-Has vuelto a fracasar, eres incapaz de proporcionar placer.

Ella se calzó los zapatos y miró a Watson, que permanecía estupefacto por la escena. Se acercó a él y le dio un largo beso en la boca, después le dijo algo al oído al doctor, dejó caer el vuelo de su falda, acomodó los volantes del vestido y se marchó. Holmes seguía retorciéndose de dolor en el suelo.
Watson y Holmes nunca hablaron de aquello, tampoco de lo que ella le dijo al oído.

Holmes odiaba a las mujeres por lo que eran capaces de hacerle. Sin embargo, solo una se había atrevido a demostrárselo, una y otra vez.
Habían pasado varios años desde aquella escena, pero un día Holmes le dijo a Watson:

-Prepárese, lea esta noticia del Times: “Alice regresa lanzando cuchillos con los ojos cerrados y las manos atadas”

 

Baker Street

 

 

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